Nuestra fascinación por lo sobrenatural

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No tienen el concepto de lo ‘natural’ como nosotros lo entendemos; por lo tanto, tampoco el de ‘sobrenatural’ coincide con el nuestro. La brujería es para ellos un suceso ordinario y no extraordinario

Lo sobrenatural está siempre de nuestro lado, y siempre lo ha estado. No ha habido una época sin misterio. Junto a lo conocido ha habido seres extraños: siniestras criaturas en los bosques, monstruos fantásticos en el mar, objetos misteriosos en el cielo. Más allá de los que percibimos y escuchamos claramente acechan cosas semipercibidas.

Aun quienes no han experimentado incidentes similares han oído a otros referir que han hablado con muertos, que han sido poseídos por espíritus malignos o llevados en máquinas voladoras procedentes de estrellas lejanas.

Aceptar, crecer, rechazar

Cuando ocurren fenómenos al margen de la realidad, se busca la mejor forma de acomodarlos dentro del marco de la vida diaria. Las reacciones ante lo desconocido varían de un periodo de la historia a otro, de una cultura a otra, de un individuo a otro. Aun entre amigos cercanos la pregunta “¿Crees en fantasmas?” tiene respuestas que van desde una total aceptación a un escepticismo burlón.

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Edward Evans-Pritchard

La reacción más simple es la aceptación. El antropólogo inglés Edward Evans-Pritchard dice del pueblo azande de África: “No tienen el concepto de lo ‘natural’ como nosotros lo entendemos; por lo tanto, tampoco el de ‘sobrenatural’ coincide con el nuestro. La brujería es para ellos un suceso ordinario y no extraordinario.” En otras sociedades, la existencia de un orden paralelo se considera un hecho. Por ejemplo, para los aborígenes de Australia los espíritus del Sueño no sólo crearon el mundo, sino que siguen siendo parte del orden natural como el trueno y el rayo.

Sin embargo, en ciertas culturas surgen individuos que creen saber más que sus iguales, proclaman que el trueno y el rayo son señales de disgusto divino e interpretan sueños y visiones como atisbos de un orden oculto que sólo ellos, como sacerdotes o magos pueden interpretar. Éste es el camino de la creencia, y es el camino que ha dominado a la reacción a lo desconocido durante gran parte de la historia.

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Cazadores de brujas

En la edad Media, por ejemplo. El pensamiento era controlado por la religión prevaleciente. En Oriente se codificaba en rígidas estructuras de fe; en Europa, la iglesia era única autoridad que podía imponer la interpretación irrefutable de todo conocimiento. Si una monja tenía visiones beatificas, había recibido una gracia divina; si tenía convulsiones, la había poseído un espíritu maléfico. En 1484, el papa Inocencio VIII se lamentaba: “Muchas personas de uno y otro sexo se han entregado a demonios, íncubos y súcubos, y por instigación del Enemigo de la Humanidad no se retraen de cometer las abominaciones más asquerosas y los más sucios excesos con peligro mortal de sus propias almas.” Para salvar a las almas cristianas, la iglesia hizo grandes “cacerías de brujas”.

En 1768 el predicador inglés John Wesley dijo: “Los ingleses en general, y en realidad la mayoría de los eruditos de Europa, consideran todos los cuentos de brujas y apariciones como ‘fabulas’ de viejas”.

Como guardianes de la sociedad, los científicos calificaron a los fantasmas como producto de la imaginación, y la propiedad de telepatía fue rechazadas por el físico y filósofo alemán del XIX Hernan von Helmholtz: “Ni el testimonio de todos los miembros de la Real Sociedad, ni la prueba de mis propios sentidos, pueden llevarme a creer en la transmisión de pensamientos de una persona a otra en forma independiente de las vías reconocidas de percepción. Es claramente imposible.”

 

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