La historia apócrifa de Lilith contada desde su perspectiva

La historia apócrifa de Lilith contada desde su perspectiva

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– Miguel, Lilith es vegetariana, ¿Cómo va a comer sangre? -dijo Gabriel-. Yo creo, Señor, que lo mejor es que dejes que se tranquilice y luego voy por ella

Lilith, la luna negra: la energía más oscura de tu carta natal

He decidido contar mi historia. Tardé mucho, pues ningún momento parecía apropiado. Muchos creerán que es una historia más. Algunos dudarán si s verdadera. Otros pedirán o exigirán que se censure. No me importa en lo más mínimo lo que piensen o digan. Estoy segura de que ninguna turba o fanático exigirá que me atormenten o me quemen. Si a pesar del sentido común, alguien lo pidiera, nadie lo respaldará, porque, sobre todo, vivo en México.

Se preguntarán como llegué aquí. Muy fácil, hace sesenta y tres años me mudé a esta nación, justo en la Segunda Guerra Mundial. Europa ya no era la misma, después de la conflagración de 1918, todo perdió color y dio paso al desconsuelo. Justo cuando creí que se impondría la paz y que la humanidad podría ser mejor, inició el conflicto de 1939. Entonces conocí a alguien que me hizo recobrar la fe en la humanidad: Gilberto Bosques, sí, el mismo que salvó a miles de personas fue mi amigo y me habló con tanto amor de su país que no me resistí viajar a éste. Pero no es de mi estancia en México lo que quiero contarles ahora.

Yo soy Lilith.

La primer mujer creada.

Creada a imagen y semejanza de Dios.

Fui creada al sexto día.

Yo soy Lilith, la primer mujer. Creada a imagen y semejanza de Dios el mismo día que creó a Adán, mi primera pareja, tal y como dice en La Biblia. Génesis 1:

26. Dijo Dios: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza. Que tenga autoridad sobre los peces del mar y sobre las aves del cielo, sobre los animales del campo, las fieras salvajes y los reptiles que se arrastran por el suelo».

27. Y creó Dios al hombre a su imagen. A imagen de Dios lo creó. Varón y mujer los creó.

28. Dios los bendijo, diciéndoles: «Sean fecundos y multiplíquense. Llenen la tierra y sométanla. Tenga autoridad sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo, y sobre todo ser viviente que se mueve sobre la tierra».

29. Dijo Dios: «Hoy les entrego para que se alimenten toda clase de plantas con semillas que hay sobre la tierra, y toda clase de árboles frutales».

30. «A los animales salvajes, a las aves del cielo y a todos los seres vivientes que se mueven sobre la tierra, les dpy pasto verde para que coman». Y así fue.

31. Dios vio que todo cuanto había hecho era muy bueno. Y atardeció y amaneció: fue el día sexto.

Génesis 2:

22. De la costilla que Yahvé había sacado al hombre, formó una mujer y la llevó ante el hombre. Entonces el hombre exclamó:

23. «Ésta si es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Ésta será llamada varona porque del varón ha sido tomada».

24. Por eso el hombre deja a su padre y a su madre para unirse a su mujer, y pasan a ser una sola carne.

25. Los dos estaban desnudos, hombre y mujer, pero no sentían vergüenza.

Esta es palabra de Dios.

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Fui creada con conciencia, lo que es complicado de entender. No trataré de explicar a detalle lo que es despertar un día sin memoria alguna de quién eres, pero consiente del mundo que te rodea, sabiendo al mismo tiempo que no vale la pena esforzarse por recordar, pues no hay nada que recordar. Lo primero que vi fue la cara de Adán, con mi mismo gesto de sorpresa. Sin embargo, supe que era un ser distinto a mí y al mismo tiempo lo más parecido a mí que podría encontrar. Lo primero que escuché fue una potente voz llena de orgullo a mis espaldas:

– Me quedaron perfectos, como todo lo que hago.

– No sé… la hembra se ve más despierta, como que hace que el macho se vea un poco tonto, además tiene muchas curvas, se ve rara ¿no?

– ¡Ay, Miguel! Así tienen que ser las mujeres. Pero no digas «hembra», esa palabra sólo se utilizará para los seres inferiores -respondió la potente voz.

– No estoy de acuerdo con eso de los animales inferiores y superiores -dijo Luzbel-, creo que tienen el mismo valor y no entiendo por qué esa manía de ponerle jerarquías a todos, como si no pudiéramos ser todos iguales.

– Lo que yo no entiendo es por qué alegas tanto Luzbel. Deberías admirarte por las obras de nuestro creador- interrumpió Miguel con un tono de fingido reproche-. Por cierto, Señor, ¿Cómo les va a poner a los dos?

– Les pondré Adán y Lilith, me gusta como suenan -dijo Dios.

Mientras, yo tomaba nota mental de que Dios era el jefe, Adán mi par, Miguel un lambiscón y Luzbel un inconforme, noté las miradas indiscretas de los cuatro en mi persona. Sonreí, baje la mirada y esperé paciente a que dieran vueltas alrededor de mí. Me analizaron y discutieron si me hubiera quedado mejor el pelo más largo, si mi cintura debía ser la mitad o un tercio menor que mis nalgas o mi busto y, por último, si eso afectaría mi capacidad de razonar.

Super que no sería sensato alegar que pensaba y que, de hecho, era más considerada que ellos. No voy a entrar en detalles, pero las siguientes horas, mientras Adán se quedó dormido, me cambiaron tres veces de color y largo el cabello, me redujeron ala cintura y aumentaron la cadera y busto. Pensé que era mejor empezar con el pie derecho: sonreí y calle lo que opinaba de haber sido sometida a tantas cirugías plásticas antes de haber cumplido un día de vida. Al terminar mis cambios me dejaron a solas con Adán para conocernos.

Adán era un buen hombre, un tanto bruto, lo cual no era precisamente malo. El problema no era ser bruto, sino creerse inteligente y eso pasaba con el buen Adán. El día que Adán descubrió que yo hacía y entendía cosas que él no podía, empezó a humillarme para sentirse superior. Reconozco que yo lo permití porque lo amaba. Con el tiempo mi autoestima cayó por los suelos.

Adán se ponía celoso si yo platicaba con alguien de la corte celestial. Hasta le molestaba que hablara con los animales, en especial con los unicornios, con quienes tuve una relación cercana. Adán, por su parte, se hizo gran amigo de Miguel, con quien, para colmo, yo no me llevaba nada bien, no lo toleraba en lo absoluto, pues él siempre andaba de lambiscón con Dios y le encantaba hablar mal de todos los arcángeles a sus espaldas, sobre todo de Luzbel. Además, odiaba que siempre animara los celos absurdos de Adán.

Con todo, los días pasaban tranquilos en el Paraíso, salvo en aquellos primeros años en que tuvimos que nombrar a todos los animales. Éstos se formaban horas interminables para que les pusiéramos nombre mientras yo anotaba sus características en un cuaderno que Luzbel nos proporcionó para organizarnos mejor. Yo elegía nombres basados en sus características o hábitos, pero Adán se burlaba de mí y les cambiaba el nombre. Ésa era una señal de lo que vendría, pero yo estaba enamorada de él y no advertí sus repercusiones.

En el paraíso, ningún ser necesitaba de carnes para sobrevivir, todos éramos estrictamente vegetarianos, pero Adán, celoso de mi amistad con los unicornios, se le ocurrió inventar la barbacoa. Así, un día, al llegar a casa todo olía asqueroso, después supe que era carne quemada o asada, como la llamó Adán. El muy inquino puso la piel del unicornio como taquete de mi lado de la cama, que para que no se me enfriarán los pies. Muchos siglos después supe que todo fue idea de Miguel, que nada más no podía ver feliz a nadie.

Así fue mi primera desilusión de la vida de pareja. Adán no se disculpó, además trato de culparme y me dijo que haría barbacoa con cada animal que existiera.

Salí de la casa como autómata, me negaba a creer que era cierto y, sin pensarlo, llegué al árbol del bien y del mal, que es donde me sentaba con los unicornios a platicar. Lloré como no imaginaba que se podía llorar. No sabía si estaba más triste por la muerte de los unicornios o porque descubrí que no amaba a Adán ni lo respetaba y que hasta gordo me caía. Estaba tan ensimismada en mis pensamientos que no escuché a Dios acercarse.

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– ¿Qué pasa mi pequeña? ¿por qué llora, mi chiquita? -me preguntó Dios.

– Adán mató a los unicornios -dije entre hipos y sollozos- y se los comió.

Por supuesto, omití mis sentimientos hacia Adán.

– No te preocupes, yo te hago unos nuevos unicornios.

– No, no va a ser igual, yo quiero a mis unicornios, no a otros unicornios.

– A ver, Lilith, preciosa, no llores, ándale, vamos a mi cuarto para que me platiques, todo sin que nos interrumpan.

– Pero nadie puede entrar a tus aposentos, tú has dicho que si alguien cruza esa puerta sufrirá tormentos sin fin…

– Eso lo digo para poder tener privacidad, no creas, también cansa ser omnipotente.

– Pero, ¿qué van a decir los demás?

– Ese va a ser nuestro secretito.

Me tomó de la cintura y me llevó a su área privada, la que nadie conocía y con justa razón. Tenía una pared llena de cristales, que miles de años después serían conocidos como monitores, donde veía y escuchaba lo que hacían todos los seres que existían; vaya, tenía intervenidas todas las madrigueras, guaridas y lugares que uno pudiera imaginarse. La pantalla que estaba frente a su cama tenía la imagen de mi recámara, per yo era muy ingenua para pensar mal. Al notar Dios mi mirada hacia la pantalla cambió de canal y lo que apareció fue mi baño, por lo que se apresuró a apagar todo.

– He oído que Adán no te trata bien y eso está muy mal, mi único error, quizá, fue emparejarte con Adán. Tú mereces alguien mejor… al Mejor.

Pensé en Luzbel. Se me hacía guapísimo, inteligente y simpático, pero la mirada de Dios era más parecida a la de Adán cuando me veía bañarme, que a la de un padre o a la de un buen amigo. Él me puso una mano sobre el hombro, me acarició los cabellos y de pronto sentí sus manos en mi pecho.

Con cada caricia olvidaba mi tristeza por los unicornios. Una pequeña voz, que a la larga resultaría mi conciencia, me decía que iba a arrepentirme, pero me ganaron las hormonas. Todavía alcancé a preguntar:

– ¿No está mal lo que hacemos?

– No, yo no hago nada mal y tú mereces más; desde la primera vez que te vi me enamoré de ti, eres única; éste va a ser nuestro secreto; mira, en cuanto pueda y termine unos pendientes te traigo a vivir aquí, a m casa -yo lo miré incrédula-. Es más, como muestra de amor te diré mi nombre, ¿juras mantener nuestro secreto? Digo, es para evitar que las envidias te disgusten o que se hable mal de ti por todos lados. ¿Sabes?, tú reputación es lo más importante para mí.

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Y yo, entre que le quería creer a Él y estaba enojadísima con Adán, pasé una de las mejores noches de mi vida. A la mañana siguiente, por designio divino, amanecí junto a Adán. El pobre cornudo no supo dónde había estado yo toda la noche.

Y así nos hicimos amantes. Otras veces, nos escapábamos del Paraíso. Como humana sólo había una manera de salir del Paraíso y era decir el verdadero nombre de Dios, según me informó el mismo. Me llevó a lugares maravillosos que creó especialmente para nosotros. A pesar de la magia, me sentía enojada de permanecer a escondidas con Dios y de mentirle a Adán. Muchas veces me mordí la lengua para no decir todo lo que me incomodaba. Una noche, después de tomar varias copas, Dios me enseñó un ornitorrinco que acababa de crear.

– ¿Qué te parece mi nueva creación? ¿A poco no está perfecta, como todo lo que hago? -alardeó complacido.

– La verdad parece todo reciclado, como si ya no tuvieras nuevas ideas.

– ¿Ah, si?, pues vas a ver cómo se me ocurren cosas que ni te imaginas -dijo más enojado de lo que yo hubiera pensado, me dio la espalda y se durmió.

La mañana siguiente desperté en un lugar del Paraíso en el que nunca había estado. Como pude, me orienté y caminé tres horas para volver a casa. Cuando llegué, Adán estaba hecho una furia.

– ¿Dónde pasaste la noche?

– Aquí- dije segura de mí-. Me paré temprano para hacer unos encargos de Dios.

– Eso no es cierto, acabo de ver al Creador y dijo que no te había visto desde ayer que te vio platicar con Luzbel. Hasta envió a Gabriel y a Miguel a buscarte y nada de ti, ni tus luces, pero, claro, la culpa es mía por no cuidarte. Bien dice Dios que ustedes las mujeres no son nada confiables.

– ¡Si serás bruto! Eres el único hombre que hay en el Paraíso, pero si no te has enterado. Los ángeles son asexuados.

– Y entonces, ¿por qué tanto interés en Luzbel y tantas platiquitas?, ¿eh?, ¿a ver? ¡Contesta!

– Mira, no te hagas, que bien que sé que pasas varias noches de campamento con Miguel, que para que te enseñé no sé qué; sobre todo, te vas con él cuando hace más frío.

– Todo es culpa tuya, ya no me pones atención; además, te ves descuidada; es más, ya no te ves como antes, ¡te ves gorda!

Indignada, me salí de la casa y di un portazo. Dije el nombre verdadero de Dios en voz baja y me fui de la Tierra. Con el nombre verdadero de Dios entras y sales del Paraíso como si tuvieras tarjeta VIP, ah, y además te haces inmortal, lo cual era insignificante en el Paraíso, donde no hay vejez ni muerte. El chiste de la inmortalidad era poder salir del Paraíso con Dios, en nuestras escapadas amorosas, sin envejecer de pronto y quedar peor que momia. Bueno, resulta que no sabía qué hacer: si quedarme en la Tierra o regresar y hacer como que nada pasaba, cuando llegó Luzbel a interrumpir mis pensamientos.

– Lilith, ¿Cómo saliste del Paraíso? Todos te están buscando… Lilith, ¿estás llorando?

– Sí, estoy harta de que me vean la cara, de que me utilicen, de que me traten así -dije entre hipos mientras me sonaba la nariz con la primera planta que me encontré.

– ¿Así? ¿Cómo? -preguntó Luzbel.

– Como su tonta. Primero mucho amor, mucha pasión. Pero resulta que es puro atole con el dedo para encamarme, pero, claro, que no se me ocurra decir nada, porque a la primera crítica constructiva que hago me mete en problemas con Adán, como si él no tuviera nada que ver.

– ¿Qué?

– Ay, Luzbel, no me salgas con que no sabías de mi affaire con tu jefe, ¿Cómo crees que le hice para salir del Paraíso? Pues nada, tu jefe, con tal de «conocerme», como dirán en un futuro en La Biblia, me dijo su nombre -Luzbel me miraba incrédulo-. Y, ¡quita esa cara de asombro, que no te creo que no supieras de nuestro romance desde hace un par de siglos!, ¿eh?

– No lo puedo creer.

– Pues velo creyendo… O a poco crees que todos podemos entrar y salir del Paraíso como si nada; es más, si no me crees trata de matarme y vas a ver que soy inmortal; nada más te pido que no me duela, porque soy muy sensible.

– ¿Dos siglos?

– Más o menos, desde que Adán se comió a los unicornios.

– Eso está muy mal -dijo Luzbel y sacudió la cabeza.

– Claro que estuvo mal, fue una salvajada, un abuso, una atrocidad, mis pobres unicornios…

– Hablo de tu asunto con el Señor.

– Ah, sí, eso también.

– Debe de ser un error -dijo Luzbel-. ¿No? Él no comete errores, debe tener un plan divino, pero aun así no es correcto que engañen a Adán, digo, es medio estúpido, pero no se vale, regresa y habla con él, él es perfecto, va a entenderte y a arreglar todo.

– Está bien, pero me tiene que pedir una disculpa, porque mira que tratarme así, no se vale.

Volví al Paraíso y le pedí a Dios que hablara con Adán de nuestro y empezaríamos una relación más formal. Pero él fue contundente, me salió con que no podía comprometerse, con que, ¿Qué iban a decir los ángeles? Me dijo que sí me amaba, pero que me esperara un poco hasta que se calmaran las cosas y se arreglara todo, que además, recordara que yo era y había sido la única. Y ése era el problema, que era la única… y bien compartida.

Varios siglos después todo seguía igual, salvo que no volví a ver a Luzbel en el Paraíso; y yo creí que me evitaba y eso me dolió mucho. Adán me trataba de forma cortés, pero lejana. Me entere que Adán ya sabía de mis desliz con el jefe, pero se hacia el desentendido para pedirle más y más cosas a Dios, quien, con tal de llevar la fiesta en paz con Adán, le daba todo lo que quería. El colmo fue que Dios, Miguel y Adán empezaron a pasar tiempo juntos los sábados para asar y comer todos los tipos de animales que pudieras imaginar. Al terminar sus comilonas, Dios juntaba los huesos y volvía a crear a los animales que se acababan de almorzar, para comerlos en otra barbacoa.

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Supongo que eso deja un trauma, porque los pobre animales se la pasaban escondidos y veían a Adán y a Dios con mirada de pavor y hasta de odio. Los animales empezaron a crear lenguajes que no pudiéramos entender. A mí también comenzaron a evitarme, como si yo fuera la culpable.

Eso fue el límite para mí. Me harté de vivir así y me largue del Paraíso, pero como a él no le gustaba perder y Miguel no tenía pantalones para enfrentarme, envió a Gabriel por mí.

– Lilith, dice el Señor que regreses.

– Pues no iré. Entiéndelo: no iré. ¿Queda claro? N-o i-r-é.

– Ay, Lilith, no hagas berrinches. El señor te da una orden, no te pide un favor.

– Pues no subo.

– Mira, Lilith, no me quiero pelear contigo, sabes que me caes bien, pero voy a tener que llevarte a la fuerza.

– Ah, sí, pues tú me llevas y yo que me dedico a ponerle en contra a toda su creación. Empezaré por el cornudo de Adán, y dile que voy a publicar todititas nuestras imágenes y mensajitos que me ha mandado, eh -contesté indignadísima.

– Si te vas a poner así, mejor subo a hablar con el jefe y eso lo arreglan ustedes.

– Como quieras.

Gabriel subió a ver a Dios.

– ¿Y Lilith? preguntó Dios al ver llegar a Gabriel.

– Es que no quiere venir – contestó Gabriel con la mirada baja y mientras hacia un dibujo con el pie en la Tierra.

– ¿Cómo que no quiere? ¿Qué no le dijiste que era una orden? -tronó el Altísimo.

– Pues sí, pero está muy enojada y…

– Y nada, vas ahorita mismo y me la traes, aunque sea de los cabellos.

– Es que dice que dice que si la traigo te va a poner a todos en contra, que empezará por el cornudo de Adán -Casi balbuceó Gabriel.

– ¡Repite lo que dijiste!

– Que si la regresas a la fuerza, te va a poner a toda la creación en contra, que empezará por el cornudo de Adán y hablo de unas imágenes y mensajes que no entendí, pero lo advirtió enojadísima. Señor, entonces ¿qué hago?

– Déjala -dijo Dios después de oír de las imágenes y mensajes-, pero donde tenga hijos, con esos sí me desquito.

En eso apareció Miguel. Como siempre andaba de chismoso oyendo tras la puerta.

– ¡Qué barbaridad, jefe, eso no puede quedarse así! ¡Qué descaro! Yo que tú la volvía una bestia peluda comesangre, como mínimo -dijo Miguel.

– Miguel, Lilith es vegetariana, ¿cómo va a comer sangre? -dijo Gabriel-. Yo creo, Señor, que lo mejor es que dejes que se tranquilice y luego voy por ella -añadió conciliador Gabriel.

– Pero no puede hablarle así al Señor -replicó Miguel.

– Sí, pero el que manda soy yo y voy a demostrar que magnánimo soy, aunque donde tenga hijos… -murmuró el Altísimo.

Sólo así me dejaron en paz. Eso si, Gabriel me avisó que Dios estaba tan enojado que si yo tenía hijos ellos serían mortales, y como castigo a mi traición sufriría la muerte de todo aquel que me amara mientras no regresara al Paraíso. ¿Mi traición? ¡Qué cinismo! En fin, decidí no traer hijos a este mundo.

Dios jamás hizo algo contra mí, aunque sí me puso en La Biblia como monstruo peludo comesangre. La verdad es que me tienen sin cuidado los chismes. Me pareció pequeño el pago por librarme de ellos. Miguel, como siempre, se colgó una medalla sin merecerla. Dijo que él intercedería ante Dios para que yo no matara a los niños recién nacidos que tuviera bajo su protección. Contó varias veces la misma mentira que acabaron creyéndola. Por eso ponen ángeles o el nombre de Miguel en las cunas, para que no me les acerque; qué tonterías, yo nunca lastimaría aun bebé, pero bueno.

En cuanto a Adán, empezó a deprimirse por tener todo lo que pedía y estar completamente solo. Dios lo consoló con Eva, a la que creó dócil y sumisa. Ya ves. La pobre ni se quejó cuando le echaron la culpa de la manzana, o eso creía yo, hasta que la conocí. Por supuesto, nunca supo nada de nosotros; su presencia me eliminó de la memoria de Adán.

A diferencia de los otros, Luzbel parecía tener un claro sentido de lo correcto e incorrecto. Como no podía actuar en contra de sus creencias, decidió mudarse a la Tierra muchos años antes que yo. Tiempo después nos encontramos. Al principio me ignoró, pero después hablamos y retomamos nuestra amistad que sigue tan fuerte como hace varios milenios. Me contó que renunció, pues Dios ya no era el tipo de jefe al que se podía respetar y admirar para siempre, pues la doble moral no iba con él. Luzbel agarró sus cosas y abandonó el Paraíso. Yo creo que tenían varios problemillas pendientes. Acabaron en buenos términos. Acordaron que Dios hablaría muy mal de él en La Biblia, para dar el ejemplo a quiénes osaran desobedecerlo. Lilith lilith lilith lilith lilith

Luzbel y yo acabamos juntos en la Tierra, inmortales rodeados de mortales. Como Luzbel es un nombre un tanto cursi y Luci no ayuda, optamos por decirle Fer, por aquello de Lucifer.

Adán y Eva también acabaron en la Tierra con nosotros, pero a diferencia de Luzbel y yo, estos dos fueron simples mortales.

Después de ser pareja de Adán, nunca pensé que lo cuidaría en la Tierra. Rafael me contó lo que pasó y yo sentí lastima por Adán. A fin de cuantas había sido mi pareja. Le pedí a Rafael que guiará a Adán y su pareja, hasta una cueva que conocía por ser segura y tener un ojo de agua, para que pasaran su primera noche fuera del Paraíso de forma segura. Rafael también les dejó ropa, frutos y unas pieles para que descansaran.

Cuando llegaron a la cueva, estaban tan cansados que no comieron nada; se abrazaron y se quedaron dormidos. Yo sentía un poco de celos de Eva; la verdad se siente feo concluir que te han olvidado y han reconstruido su vida como si nada con alguien más.

En el fondo sabía que yo había sido quien había dejado a Adán.

Si Eva hubiera sido mala persona le hubiera hecho la vida de cuadritos, pero esa noche, al verlos abrazados y saber que Adán había cambiado su cómoda vida en el Paraíso por estar con Eva, me di cuenta de que se amaban profundamente, cosa que me dio más celos de los que hubiera reconocido hace algunos milenios, pero al mismo tiempo su profundo amor despertó mi compasión y también, he de reconocerlo, admiración.

Cuando nos enteramos de que Miguel andaba desconsolado por Adán, Fer y yo decidimos proteger a Eva de cualquier «accidente»; la verdad lo hicimos más por frustrar los planes de Miguel que por cuidar a Eva.

Así empezó nuestra relación. Eva me sorprendió, pues guisaba mejor que los ángeles. Aprendió y me superó en hilar, tejer cestos y cualquier cosa manual. Se levantaba al alba y se acostaba tarde. Era como si no se le acabarán las energías.

Siempre buscaba el lado bueno de todo, creo que fue la primera optimista sobre la Tierra.

Fer a menudo me molestaba diciéndome que yo aún sentía algo por Adán.

– No te hagas, Lilith, quieres estar con ellos por que lo amas.

– Que no, Fer.

– ¿Qué te cuesta admitirlo? Para eso son los amigos.

– Que no, no seas necio.

– ¿Ni siquiera tienes cargo de conciencia?

– Si yo no los corrí -contesté indignada-, es más, si te sientes tan mal sube a hablar con tu jefe y que los perdone.

– Uy, qué genio, que se me hace que es por Adán.

– ¡Ay, qué fastidioso eres! Se me hace que eso de la renuncia es puro cuento, y en verdad te corrieron por pesado -contesté a Fer, le hice una señal obscena y me voltee.

La verdad era que si sentía algo por Adán. Al principio fueron celos, pero duraron poco. Más bien, me daba curiosidad ver el amor que se tenían y cómo Adán cuidaba a Eva. Y es que, a excepción de Fer, tenía a los demás hombres en un muy mal concepto. Me intrigaba verlos tan cariñosos a pesar de la adversidad. Para ser sincera, al principio esperaba morbosamente ver como acababa aquello, pero después la verdad es que terminé por quererlos como a hijos que nunca tendría y los cuidé en lo posible.

Muchos de los hechos que dice La Biblia no ocurrieron como ahí se afirma. Fue necesario darles una manita de gato para que cumplieran su fin pedagógico. Al revisar hoy lo que ahí se afirma, concluyo que poner a Miguel a cargo de los cambios fue contraproducente. Ya ven lo que dice que pasó cuando se presentó ante Mahoma, pero esa es otra historia que un día platicaremos.

Por ejemplo, Sodoma y Gomorra eran ciudades modelo que sufrieron un terrible accidente; podríamos decir que ahí se descubrió la pólvora y cómo no usarla. No, Lot no ofreció a sus hijas para ser violadas por sus vecinos. Si se ve bien, no tiene ni pies ni cabeza. Esos relatos son producto de la terrible misoginia de Miguel, quien no perdió oportunidad para mostrarla. Lo cierto es que la destrucción de Sodoma y Gomorra ocurrió en un viaje que hizo Lot con su familia; su esposa tampoco se convirtió en sal por desobediente, era una llorona que quería solucionar todo con lágrimas; murió de un piquete de alacrán y como siempre inventaba enfermedades y dolencias ese día nadie le hizo caso y se la llevó Dios. Lilith Lilith Lilith Lilith

¿Qué si aún veo a Dios? Sólo diré que él esta en todas partes. Lilith lilith lilith lilith lilith

Creo que mi instinto maternal no se anuló del todo, pues acabé por cuidar y guiar a Judith, Esther, María, Magdalena, Marilyn y tantas otras más que he conocido a lo largo de la historia. Lilith lilith lilith lilith lilith

Fuente: Adriana García B.

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