Historias de la radio: El llamado, historia de Javier y Cecilia

Historias de la radio: El llamado, historia de Javier y Cecilia

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Lo llevamos a la sala, donde se encontraba doña Cecilia, quien se encontraba llorando a causa del terror que sentía en esos momentos

En el centro de la ciudad, Javier y su abuela Cecilia habitaban un departamento en el que experimentaban situaciones extrañas desde 17 años atrás. El principio de esta seria de fenómenos lo marcaron primero unas sombras que iban de un cuarto a otro y en ocasiones atravesaban la pared ante la mirada atónita de los moradores de la casa, que de alguna forma se fueron acostumbrando a esa clase de vida. En los últimos años, estos pequeños fenómenos sobrenaturales se hicieron más frecuentes, a raíz de que la abuela encontró un muñeco de trapo con la cara fabricada de vinilo. Era bonito y singular. La anciana jamás había visto uno que se le pareciera y al verlo tirado en la calle decidió llevárselo a casa.

Al llegar el muñeco a la casa la situación cambio radicalmente. Con frecuencia las luces y los aparatos eléctricos se encendían y apagaban solos, y en varias ocasiones una mujer vestida de blanco se asomaba por la ventana de la habitación de la abuela, cosa que no era razonable tomando en cuenta que la abuela y su nieto vivían en el segundo nivel.

Llegó el momento en que las cosas se volvieron tan graves que era imposible dormir en la casa. En la madrugada las camas se movían solas y los fenómenos extraños a los que estaban acostumbrados se intensificaron. La familia vivía un verdadero infierno. Cierto día, al no soportar más doña Cecilia la terrible situación, en un acto desesperado se cortó las venas con la intención de morir, algo que la oportuna intervención de los servicios médicos impidió.

La situación continuaba tensa y llegó el momento en que la abuela y el nieto pasaban casi todo el tiempo en la calle. Sólo entraban a la casa cuando estaban muy cansados y en contadas ocasiones lograban conciliar el sueño y descansar sin ser molestados.

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Así, la salud y el ánimo de estas personas cada día se veían más debilitados, y en consecuencia su situación económica era cada vez más precaria. Sin explicación alguna despidieron a Javier de su empleo. Transcurrieron semanas y no lograba encontrar trabajo, lo que obligó a doña Cecilia a vender gelatinas y tamales en la calle. Una noche en la que se disponía a dormir escucharon un estruendo terrible que venía de la sala. Alarmados, se levantaron y encontraron que uno de los muebles, el que tenía infinidad de objetos decorativos, se había ido al suelo y casi todo se había roto. El miedo se apoderó de ellos cuando la sala se comenzó a poner fría y apareció un fuerte olor a podrido.

Nunca había ocurrido algo tan grave en la casa y esto tenía a la familia desconcertada y espantada. Javier levantó el mueble para recuperar algunos objetos que no se hubieran roto y se dio cuenta de que el muñeco estaba debajo, pero le había cambiado la cara. Mostraba un rostro malvado, el ceño fruncido, los ojos crecidos y una mirada agresiva, y desde luego una sonrisa sarcástica.

La abuela, al darse cuenta, no soportó la impresión se desmayó. Entonces el joven, creyendo que el culpable de todo era el maldito muñeco, lo arrojó por la ventana. increíblemente, al ser lanzado el muñeco emitió un alarido terrible, que llegó a los oídos de los vigilantes del fraccionamiento, quienes acudieron a ver que sucedía. El nieto les pidió ayuda, ya que su abuela había perdido el sentido. Le aplicaron alcohol y finalmente la mujer despertó.

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Una vez reestablecida su abuela, el joven relató a los vigilantes lo ocurrido. Ellos cruzaron miradas y sonrieron, lo cual significaba que no le creían. Le preguntaron al joven si se encontraba bien, si había ingerido alguna bebida o drogas que lo trastornaran. La respuesta enérgica del nieto fue:

– No, señores. Ni tomo ni soy drogadicto. Si quieren vamos a la planta baja para que vean al muñeco y crean lo que digo.

Y así lo hicieron. a los vigilantes los acompañaba un perro pastor alemán y al llegar a donde se supone estaba tirado el muñeco, había desaparecido. Buscaron en los alrededores y en cierto momento el perro se inquietó y comenzó a ladrar desesperadamente frente a unos arbustos. El animal se acercó a las plantas y regresó aullando como si alguien lo hubiese golpeado.

Los vigilantes y el joven se acercaron al matorral y al iluminar con sus linternas, se llevaron una gran sorpresa cuando vieron que el muñeco, que medía escasos cuarenta centímetros, corría como si tuviera vida propia. Uno de los guardias exclamó:

– ¡Dios mío, no puede ser! ¡Es el diablo!

Los tres se persignaron, comenzaron a rezar y luego los agentes se dirigieron a la caseta de vigilancia. El joven recordó que su abuela se había quedado sola y regreso rápidamente a la casa. Al llegar encontró que todo estaba en desorden. La ropa, los platos, los libros, todo estaba disperso en el piso y doña Cecilia se hallaba nuevamente inconsciente. Javier trató de reanimarla y se dio cuenta de que ella traía en la mano un frasco de pastillas para la presión y había ingerido todas. De inmediato llamó a una ambulancia y afortunadamente doña Cecilia una vez más se salvó de morir. Después de una semana la dieron de alta y regresó a casa.

A partir de su retorno, con el fin de que las energías no la espantaran más, la señora andaba por el departamento llevando en las manos un crucifijo y un rosario benditos.

Javier llamó al programa muy angustiado y mientras narraba lo acontecido, una enorme sombra se hizo presente en su casa. Me pidió que lo auxiliara y solicité al auditorio que realizará oraciones por el joven y su abuela. Hice sonar una campana que los monjes del Tíbet utilizan para purificar el ambiente y más tarde la misteriosa sombra desapareció. Les recomendé que hicieran oración y acordamos que los visitaríamos y realizaríamos una investigación.

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Dos días después, el maestro Erick So Ham, Ruth -una extraordinaria vidente-, mi productor Ignacio Muñoz y yo arribamos a la casa. El lugar presentaba un ambiente muy pesado y cuando en la sala nos disponíamos a iniciar la plática con Javier y su abuela, apareció una sombra de aproximadamente dos metros de altura que, ante el asombro de todos, se detuvo frente a nosotros y luego se dirigió a las habitaciones.

La seguimos y vimos que había entrado a la recámara de doña Cecilia. Entramos tras ella y nos atrapó un impresionante frio que provocó que por nuestras bocas saliera vapor. Ruth se dio cuenta de que en ese lugar había muchos seres de oscuridad. Salimos del cuarto y el maestro So Ham puso un pequeño altar, sacó una cruz de san Benito de Nursia, encendió unas velas y comenzamos a orar.

Al volver a la habitación de la abuela, Ruth se mostró sorprendida porque, dijo, visualizaba la llegada de cientos de seres de oscuridad. Además el frío, se hizo presente el clásico olor fétido. Comenzamos a orar y Javier se asomó al cuarto a ver que ocurría. De pronto pareció que iba a desvanecerse y lo auxiliamos mi productor y yo. El maestro, entonces, le ordenó que no entrara, pues era una persona muy susceptible y alguno de los seres podría penetrar en él.

Lo llevamos a la sala, donde se encontraba doña Cecilia, quien por cierto se encontraba llorando a causa del terror que sentía en esos momentos. Javier nos dijo que una gran sombra lo había abrazado y de pronto perdió las fuerzas y empezó a perder el conocimiento. Ignacio se quedó con él y con la abuela; yo regresé a la habitación.

Los parasicólogos tenían los ojos cerrados y rechazaban con oraciones en latín toda la maldad que esa habitación encerraba. Abrí mi biblia y comencé a orar. Sorprendentemente, un florero que estaba en una repisa salió disparado hacia mi rostro. Logré evitar el golpe y percibí la ráfaga producida por el desplazamiento del objeto, que fue a estrellarse en la puerta de un clóset.

En ese momento escuchamos gritos de Javier y su abuela, que mencionaban que la sombra se hallaba en la sala. DE repente sentí que algo me tomaba de la pierna izquierda y casi me inmovilizaba. Invoqué la ayuda de Dios y la molestia desapareció. Luego la sombra abrió la cortina que separaba un pasillo de la sala y entró a una segunda recámara. Me di cuenta de que se había postrado en la cama del joven. Javier, aterrorizado, tomó una cruz que esta colgada y comenzó a rezar de rodillas.

Más tarde acudieron el maestro So Ham y Ruth y nos comunicaron que en ese lugar había un poderoso ser de oscuridad que una persona de nombre Raziel en algún momento había llamado. Seguramente esa persona había habitado el departamento.

Pero con ayuda de seres de luz, los demonios se habían retirado y la tranquilidad llegó de nuevo a esa casa.

Hoy Javier y doña Cecilia viven en paz. Aunque llegan a escucharse ruidos extraños, éstos acabarán por desaparecer gracias a las oraciones y aun cambio de actitud.

Los vigilantes renunciaron a su empleo al día siguiente de que vieron al muñeco corre por el jardín y nosotros sabemos que otras situaciones sobrenaturales nos esperan. Pero con ayuda de Dios las superaremos.

Fuente: Las historias ocultas de la mano peluda

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