Historias de la radio: Arturo y el peregrino

Historias de la radio: Arturo y el peregrino

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No fue así. Arturo se encargó del costal y a eso de las tres de la tarde llegaron al santuario de la Virgen

Hechos espeluznantes de esta naturaleza han ocurrido en diversas ocasiones y a muy distintas personas. Además de que es un caso que espanta, no puedo negar que se trata de una caso de fe, que deja mucho a la reflexión.

La carretera que corre de Guadalajara a San Juan de los Lagos, en el estado de Jalisco, es una ruta de muchas peregrinaciones, pues se dirigen a venerar a la Virgen de San Juan de los Lagos. Arturo Gutiérrez y su familia participaron en una de tantas peregrinaciones, pues iban a visitar el templo de la Virgen para agradecer que él hubiese salido bien de una peligrosa intervención quirúrgica practicada meses atrás. El calor agobiante y los efectos del cansancio sólo eran neutralizados por la fe que movía a los peregrinos.

Formaban la procesión unas 20 personas provenientes de diversos puntos del estado de Guanajuato. En el trayecto se sumó al grupo de peregrinos un anciano de cerca de 80 años que llamó la atención de los peregrinos porque cargaba un costal que todos suponían muy pesado. Era notorio el enorme esfuerzo que el anciano hacía llevándolo.

A medio día, cuando el calor era más intenso, el grupo tomar un descanso para comer en un paraje sombreado, junto a un riachuelo que por allí pasaba. Cada familia se acomodó en el sitio que le pareció mejor para resguardarse de los rayos del sol, sacaron los alimentos y algunos aprovecharon para refrescarse en el riachuelo.

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Arturo y su familia observaron que el anciano se sentó en una roca lejos de los demás. Se dirigieron a él para ofrecerle un poco de alimento y el hombre aceptó y se integró a la familia. Dijo llamarse Severiano y provenir de un lugar apartado del estado de Michoacán. Cuando le preguntaron qué llevaba en el costal, el anciano sólo dijo que era muy importante que presentara ese costal a la Virgen.

Minutos más tarde los peregrinos reiniciaron la marcha y Arturo se ofreció a ayudarle a don Severiano con el costal. El anciano dijo que era muy importante que ese costal llegara a su destino, pues era una promesa que había hecho, y le encargó a Arturo que lo llevará a la Virgen si don Severiano no podía hacerlo. Quedaron de acuerdo y reanudaron el camino. El costal en verdad pesaba y estaba atado para evitar que su contenido se saliera.

Cayó la noche y el grupo se detuvo y buscó un lugar para dormir. Don Severiano cayó rendido y la familia de Arturo le proporcionó un cobertor para que no pasara frío. Al amanecer don Severiano no se hallaba en el lugar en el que durmió y pensaron que se había apartado para hacer sus necesidades fisiológicas. Esperaron cerca del grupo por él. Había dejado el costal, pero nadie pudo dar razón del anciano.

Reiniciaron el viaje sin él, pensando que se había adelantado y lo encontrarían en alguna parte del camino. No fue así. Arturo se encargó del costal y a eso de las tres de la tarde llegaron al santuario de la Virgen. Había muchísima gente, pues se celebraba un aniversario de la parroquia. Arturo y su familia depositaron ante el altar sus ofrendas y, recordando el encargo del anciano, decidieron abrir el costal para entregar el contenido. Llenos de horror, vieron que se trataba de una osamenta humana y un sombrero, precisamente el sombrero que usaba don Severiano.

Llamaron a un sacerdote, quien les ordenó que guardaran los huesos en el costal y les explicó que no era la primera vez que aquello ocurría en su parroquia. Se trataba de un anciano que medio siglo atrás participaba en una peregrinación y en el camino falleció, y ahora su espíritu se manifestaba ante ciertos peregrinos y les pedía que completaran la promesa. Esos huesos y el sombrero eran al parecer de don Severiano, a quien el destino no le permitió cumplir la promesa que un día hizo a la milagrosa Virgen de San Juan de los Lagos.

Fuente: Libro aquí se respira el miedo

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